AUTORIDAD
E INSPIRACION DE LA BIBLIA
JOSÉ
BORRÁS
INTRODUCCION
Todos los grupos
evangélicos que mantienen los principios básicos de la Reforma del siglo XVI,
es decir, sólo la fe, sólo la gracia y sólo la Escritura, creen y sostienen que
la Biblia es la única norma de fe y conducta cristiana, constituyendo la suprema
y última autoridad, tanto para la iglesia como para el creyente. En este
aspecto, las iglesias evangélicas, llamadas vulgarmente “protestantes”, se
diferencian de la Iglesia Católica Romana en que ésta, junto con las Sagradas
Escrituras, mantiene otras fuentes de inspiración con la misma autoridad que
aquélla. Estas otras fuentes de inspiración son tres: (1) La tradición,
es el conjunto de verdades reveladas no contenidas en las Sagradas Escrituras
que se han transmitido oralmente de padres a hijos en el transcurso de los
siglos. (2) Las conclusiones de los concilios ecuménicos. Un concilio
ecuménico es una junta o congreso de obispos, teólogos y otros eclesiásticos y
personas destacadas e influyentes de la Iglesia Católica Romana de todas las
partes de la cristiandad, o de una gran parte de ella (ecuménico significa
universal) convocados legítimamente para deliberar y decidir sobre las materias
de fe y conducta. Hasta el presente se han celebrado veintiún concilios
ecuménicos. El primero tuvo lugar en Nicea, el año 325 d. de J.C., y en él se
condenó la doctrina arriana, aceptándose que el Hijo era consubstancial al
Padre. El último tuvo lugar en el Vaticano, Roma, recibiendo el nombre de
Vaticano II, que comenzó con el papa Juan XXIII en el año 1962 y terminó con el
papa Pablo VI en 1963, habiéndose tratado de “La Constitución de la Iglesia”.
(3) Las proclamaciones de los romanos pontífices, cuando éstos hablan excáthedra,
esto es, como maestros supremos de su iglesia, sobre materias de doctrina y de
práctica. Como ejemplos de estas proclamaciones podemos citar las declaraciones
dogmáticas de la inmaculada concepción de María, en 1854; de la infalibilidad
del romano pontífice en 1870; y la última de todas, la de la asunción de María
a los cielos en 1950.
AUTORIDAD
DE LAS ESCRITURAS
La palabra
“autoridad” se deriva de la palabra “autor”, por lo que la autoridad que poseen
las Escrituras le viene de Dios, su autor, quien valiéndose de personas humanas
escogidas, que han tenido una experiencia personal con él, se ha revelado a sí
mismo a los hombres. Esta revelación se halla contenida en las Escrituras. Dios
no sólo ocupa el centro del mensaje bíblico, siendo el “objeto” principal (la
Biblia habla de Dios en la creación, en la redención y concluye hablando de él
en la restauración final), sino que es también el “sujeto” principal que crea,
redime y restaura, revelándose a los hombres de muy diversas maneras, como por
medio de sueños, visiones, audiciones de voces sobrenaturales, intervenciones
divinas y, de forma muy especial, en la persona de su amado hijo Jesucristo.
Así lo dice el autor de la epístola a los Hebreos: Dios, habiendo hablado en
otro tiempo muchas veces y de muchas maneras a los padres por los
profetas, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo (1:1, 2).
Dios habla a los hombres, inspirándoles a través de su Espíritu para que dejen
constancia escrita de esa revelación que él ha hecho de sí mismo, mostrándoles
por un lado, su propia naturaleza, es decir, su santidad y amor; y por otro lado,
lo que él espera de los hombres a 7 quienes creó para que tuviesen comunión con
él, pero que habiéndose alejado de él por el pecado, desea reconciliarlos
nuevamente consigo mediante el hecho histórico y salvífico de la muerte de
Cristo (2 Cor. 5:19). Quienes rechazan la autoridad de la Biblia lo hacen
porque no aceptan que Dios se haya revelado a sí mismo, inspirando a los
escritores sagrados que éstos dejaran constancia de dicha revelación. Es
necesario, pues, que comencemos aclarando los términos de revelación e
inspiración, para que podamos comprender qué queremos decir al afirmar que la
Biblia es la palabra de Dios, la cual ha sido inspirada y que, por eso mismo,
posee autoridad sobre la iglesia y sobre cada uno de los creyentes en todo lo
que tiene que ver con su fe y su conducta.
Revelación
e inspiración. A veces se confunden estos términos a
causa de la interrelación de los mismos.
A pesar de su estrecha conexión entre sí, no son ni significan lo mismo. La
revelación es el hecho básico y fundamental, por el que Dios se da a conocer a
sí mismo y que acontece en primer lugar. La inspiración sucede en segundo
lugar, teniendo como objetivo poner de manifiesto la revelación que Dios ha
hecho al hombre. Puede existir la revelación sin la inspiración, pero nunca
existirá la inspiración sin haber tenido lugar antes la revelación. En otras
palabras, la revelación es la verdad que emerge en la mente de una persona a la
que Dios se ha manifestado; mientras que la inspiración es el deseo de que esa
verdad sea conocida por otras personas y, por lo mismo, se escribe para que
quede constancia y pueda ser transmitida a otros. La confesión de Pedro en
Cesarea de Filipo, diciendo a Jesús: ¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios
viviente! (Mat. 16:16), es una revelación; pero el hecho de que el
evangelista Mateo la dejase por escrito para beneficio de sus lectores fue una
inspiración que el Espíritu Santo le hizo. Ya hemos mencionado que Dios utiliza
diversas maneras para revelarse, valiéndose de visiones, sueños, ángeles y
muchas otras maneras. Sin embargo, la revelación más completa y maravillosa
tuvo lugar en la persona de su Hijo, hecho carne y habitando entre nosotros. A
través de él podemos conocer a Dios: Felipe, ¿y no me has conocido? El que
me ha visto, ha visto al Padre (Juan 14:9). Creyendo en la bondad de
Dios es lógico pensar que él quisiera comunicarse a los hombres para que éstos
tuvieran un conocimiento adecuado de él, de su naturaleza, de sus atributos, de
sus obras y de sus propósitos para con el hombre. Este conocimiento no se puede
alcanzar plenamente por medio de la observación de la naturaleza, o revelación
natural. Es cierto que algunos atributos de Dios, como su sabiduría, su
grandeza y su poder pueden conseguirse observando la creación, tal como dice el
salmista: Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento
anuncia la obra de sus manos (Sal. 19:1); pero, es igualmente cierto, que
mediante la observación y el estudio de la naturaleza nunca llegaríamos a
descubrir otros atributos divinos, como son la justicia, la misericordia, la
santidad y el amor de Dios. Como afirma el erudito Bernard Ramm “el
conocimiento acerca de Dios debe ser un conocimiento que proceda de Dios”. El
estudiante de la Biblia debe tener siempre presente que la revelación no fue
total y completa desde el principio, sino que ha sido gradual y progresiva.
Dios ha venido revelando a los hombres la verdad paso a paso, conforme éstos
podían asimilarla. Hay pasajes en el AT que escandalizan a los lectores
modernos por su falta de ética moral. Así el autor del Salmo 137 se deleita
pensando que las cabezas de los hijos de sus enemigos serán estrelladas contra
la roca. El autor del Salmo 69 ruega a Dios que nunca perdone a sus enemigos.
El profeta Samuel condena a Saúl por no matar a los niños pequeños de sus
adversarios y por no haber cometido un genocidio total. Lo mismo podemos decir
con respecto a ciertas prácticas como la esclavitud, la poligamia, la
prostitución sagrada, el divorcio, etc., que eran habituales en las leyes, costumbres
e ideales de 8 los pueblos vecinos a los israelitas en aquellos tiempos
antiguos. En estos y en otros casos similares podemos decir lo que Jesús dijo a
los fariseos cuando éstos le preguntaron acerca del divorcio, afirmando que
ésta no era la voluntad de Dios, sino que él consentía tales prácticas, a causa
de la dureza del corazón de los hombres (Mat. 19:8). Al afirmar que la Biblia
ha sido inspirada por Dios, estamos diciendo que los escritores sagrados no
actuaron por iniciativa propia, sino por iniciativa divina, impulsados por el
Espíritu Santo para que sus escritos comunicasen el mensaje de Dios a los
hombres (2 Ped. 2:21). Al
decir que los
hombres de Dios escribieron los libros de la Biblia guiados por el Espíritu
Santo, debemos entender el término escribir en un sentido amplio y especial,
incluyendo no sólo el hecho de relatar el suceso por escrito, sino también el
hecho de investigar los acontecimientos, seleccionar los documentos, arreglar
los materiales, y todos aquellos pasos que conducen a la presentación de los
hechos. Esto es lo que hizo el evangelista Lucas cuando se sintió inspirado para
escribir el Evangelio, tal como él mismo lo dice en Lucas 1:1–3. El texto de 2
Timoteo 3:16 que dice: Toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil para
la enseñanza, para la reprensión, para la corrección, para la
instrucción en justicia, es fundamental para comprender el significado del
término inspiración. La palabra griega utilizada por Pablo, theopnéustos,
literalmente indica que los escritos fueron producidos por el “soplo de Dios”,
indicando con ello que los escritores no sólo fueron dirigidos por Dios, sino
que Dios infundía a sus escritos esa cualidad especial que los convertía en
útiles para enseñar, reprender, corregir e instruir en justicia. El hecho de
que algunos eruditos eliminen el primer verbo y traduzcan el texto diciendo: toda
Escritura divinamente inspirada es útil para la enseñanza,... no cambia el
sentido esencial de lo que Pablo quiso poner de manifiesto, es decir, que el
AT, la Escritura, el conjunto de libros aceptados por los judíos de Palestina,
había sido escrito bajo la inspiración de Dios y por lo mismo, tenía que ser
considerado como la última y suprema norma de fe. Doble elemento en la
Biblia. Al hablar de la inspiración de las Escrituras debemos tener en cuenta
un doble elemento: el elemento divino (toda Escritura es inspirada por
Dios, 2 Tim.3:16) y el elemento humano (los hombres hablaron
de parte de Dios, 2 Ped. 1:21). Esto nos lleva a considerar cómo están
relacionados entre sí estos dos elementos, el divino y el humano, en la
composición de los escritos bíblicos. Es de suma importancia mantener presente
el doble elemento, sin sobre enfatizar uno sobre el otro, lo que
inevitablemente nos conduciría al error, como aconteció a algunos teólogos
importantes de los primeros siglos del cristianismo, en relación con la doble
naturaleza de Cristo. Elemento divino. La Biblia es el libro de Dios,
porque a través de él revela su voluntad a los hombres. A menos que se parta de
la base de que las Escrituras han sido inspiradas por Dios (2 Ped. 1:21),
utilizando a hombres que tuvieron una experiencia espiritual íntima y personal
con él, no se podrá entender el valor religioso y espiritual que las convierte
en un libro único, distinto de todos los demás libros, con un mensaje válido
para todos los hombres en todos los tiempos y en todas las partes del mundo. De
hecho, solamente las personas que hayan tenido una verdadera experiencia
espiritual con Dios, de comunión y de perdón, como la que tuvieron los
escritores de la Biblia, podrán entender el verdadero significado de las
verdades morales y espirituales contenidas en sus páginas y el mensaje que Dios
dirige a través de ellas a los hombres. Cualquier otro acercamiento a las Escrituras,
ya sea desde un punto de vista, literario, histórico, filosófico o científico
aparte del interés religioso y espiritual, conduce necesariamente a un fracaso
completo. Este elemento divino de las Escrituras se manifiesta claramente entre
otras cosas, por la unidad de propósito que se ve en medio de la diversidad de
sus sesenta y seis libros, escritos por más de treinta autores distintos y en
un período superior a los mil años. Es necesario aceptar que ha habido una
mente superior dirigiendo la mente de todos esos escritores. Elemento
humano. El segundo elemento a tener en consideración en los escritos
bíblicos es el elemento humano. La Biblia ha sido escrita en un lenguaje
humano, por hombres con habilidades y debilidades humanas. Al transmitir los
pensamientos que Dios les inspiraba, no se suprimía la personalidad del autor,
ni coartaba su libertad de expresión, sino que cada uno de Ellos escribía
utilizando sus propias palabras, así como sus propias peculiaridades gramaticales
y estilo. Algunos escribieron utilizando un lenguaje muy bueno, mientras que
otros usaron un vocabulario más deficiente; algunos conocían muy bien las
reglas gramaticales y otros no tanto; algunos utilizaban la poesía y otros la
prosa común; algunos empleaban un lenguaje figurado repleto de metáforas, símiles
y alegorías, mientras que otros utilizaron un estilo llano y sin adornos
literarios. Cualquier lector de la Biblia puede darse cuenta fácilmente que los
escritos de Juan son muy diferentes de los de Pedro; así como que el hebreo
puro de Isaías es distinto del hebreo arameizado de Daniel. Estas diferencias
de estilo pueden atribuirse, no sólo al hecho de que eran personas
pertenecientes a distintas épocas y a diferentes niveles sociales y culturales,
sino también a las circunstancias peculiares en las que escribieron. Moisés,
siendo el caudillo de su pueblo que andaba de acá para allá, escribiría en
medio de las dificultades del desierto; mientras que David, siendo rey y
viviendo en un palacio, escribiría en circunstancias mucho más cómodas y
tranquilas. Isaías, siendo pariente de reyes y teniendo entrada en el palacio,
usa ejemplos relacionados con la familia real; mientras que Amós, siendo un
pastor que camina tras el rebaño al aire libre, usa ejemplos de los animales
del campo que forman el medio ambiente en el que se halla. Sin embargo, todos
esos escritores, con las características particulares de cada uno, su
idiosincrasia personal, sus talentos y preferencias de estilo, y sus propios
modos y maneras de presentar el mensaje, escribían bajo la dirección e inspiración
del Espíritu Santo, realizándose una valiosa y armonizada colaboración del
elemento humano con el divino.
TEORIAS
SOBRE LA INSPIRACION
Aunque
generalmente todos los eruditos bíblicos aceptan que la Biblia ha sido inspirada
por Dios, no todos entienden lo mismo cuando se hace semejante afirmación. Por
eso es bueno que conozcamos bien lo que se entiende por inspiración, así como
las diversas teorías existentes sobre la manera en que Dios inspira a los
escritores. El Dr. Augusto H. Strong, en su obra Teología Sistemática,
define la inspiración diciendo que es “aquella influencia del Espíritu de Dios
sobre la mente de los escritores de la Biblia que hace de esos escritos el
relato de una revelación divina progresiva y suficiente, siempre y cuando se
tomen juntos y se interpreten por el mismo Espíritu que los inspiró para guiar
a todo buscador sincero hacia Cristo y hacia la salvación.” Con el fin de
armonizar la relación entre los elementos divino y humano en la inspiración de las
Escrituras, se han presentado diversas teorías que básicamente pueden reducirse
a dos grupos, las que dan énfasis al escritor y las que hacen hincapié sobre el
escrito, las cuales se subdividen, a su vez, en otras teorías que mencionaremos
brevemente.
Teorías
que dan énfasis sobre el escritor
1.
Teoría de la intuición. Según esta teoría, la inspiración
es sólo el conocimiento natural del hombre, elevado a un plano más alto de
desarrollo. Puesto que Dios mora en todos los hombres, todos ellos son
inspirados. El grado de inspiración depende de su capacidad natural, mental y
espiritual. Según esta teoría, la inspiración de los escritores del Antiguo y
Nuevo Testamentos es similar a la inspiración que mueve a los poetas,
escultores y pintores a realizar sus obras maestras. En tal caso, la Biblia es
un conjunto de libros escritos por hombres religiosos de Israel que poseían una
facultad intelectual extraordinaria, como pudiera ser el caso de Juan Milton,
Miguel de Cervantes, o cualquier otro escritor famoso. Si la Biblia es un libro
superior a los demás libros conocidos, es porque sus autores poseían más
sabidurías interna que los demás escritores. Esta teoría es generalmente
rechazada por los creyentes evangélicos, ya que todo el énfasis está puesto sobre
el hombre y no en Dios. Los propios escritores bíblicos afirman repetidamente que
Dios hablaba por medio de ellos. Baste como ejemplo lo que nos dice David: El
Espíritu de Jehovah ha hablado por medio de mí, y su palabra ha estado
en mi lengua (2 Sam. 23:2).
2.
Teoría de la iluminación. Esta teoría se diferencia de la
anterior en que da énfasis al grado de las percepciones religiosas en lugar de
las facultades naturales de las personas. Según esta teoría, la inspiración de
los escritores de la Biblia se distingue solamente en grado no en calidad, de
la que tienen todos los creyentes. En un sentido, los escritores bíblicos
tuvieron la misma clase de inspiración que tuvieron los Padres de la Iglesia,
pero en un grado superior a la de éstos. Tampoco esta teoría puede ser
mantenida, puesto que confunde la iluminación que el Espíritu Santo da a todos
los creyentes con la inspiración que él concede a algunos hombres escogidos para
dejar constancia de la revelación del mensaje de Dios para todos los hombres.
La iluminación tiene que ver con la comprensión de las verdades que ya han sido
reveladas e inspiradas, y que, por lo mismo, se hallan escritas en la Biblia.
Teorías
que dan énfasis a lo escrito
1.
Teoría de la inspiración mecánica. Esta teoría, llamada también
de dictado, enfatiza el elemento divino o sobrenatural hasta tal punto que
anula la personalidad del escritor humano, al que convierte en un simple
amanuense o secretario. Siguiendo esta interpretación, los rabinos judíos
decían: “Los escritores son como flautas que repiten los sonidos de la música
soplada por el flautista divino, que es Dios”. Esta interpretación, semejante a
la que los mahometanos atribuyen a la composición del Corán, fue generalmente
aceptada hasta el siglo pasado por la mayoría de los eruditos bíblicos, tanto
católicos como evangélicos, y continúa siendo aceptada en nuestros días por
algunos grupos ultraconservadores, quienes sostienen que Dios dictó palabra por
palabra cada uno de los libros de la Biblia. Sin embargo, pocos teólogos
destacados de nuestro tiempo aceptan este modo de interpretar la inspiración
bíblica. Las mismas diferencias en los escritos, a las que hemos hecho alusión
al tratar del elemento humano, indican que Dios no es el autor real de cada palabra.
Mantener la inspiración mecánica de las Escrituras es hacer responsable a Dios
de los errores gramaticales, históricos y científicos que puedan aparecer en la
Biblia. Sabemos que los escritores sagrados estaban interesados en asuntos de
carácter religioso, moral y espiritual, para darnos a conocer la historia de la
salvación; pero no en darnos información en el campo de la investigación y del
conocimiento científico, enseñándonos en sus escritos geográficos o astronómica.
Esto es lo que ya en el siglo IV de nuestra era escribía acertadamente San
Agustín de Hipona en su Comentario sobre el Génesis, al decir: “Los
escritores sagrados, o mejor el Espíritu Santo que hablaba por ellos, no
pretendió enseñar a los hombres cosas puramente científicas, puesto que en nada
les habían de servir para su salvación”. Y en otro lugar, nos dice el mismo autor:
“No se lee en el Evangelio que dijera el Señor: ’Os enviaré el Paracleto para
que os enseñe el curso del sol y de la luna’. Porque quería hacer cristianos y
no matemáticos”. La interpretación mecánica apoya lo que, irónicamente, señala
Abraham Kuyper cuando dice: “Cualquier alumno de enseñanza primaria que supiera
escribir al dictado podría haber escrito la epístola a los Romanos tan bien
como la escribió el apóstol Pablo”.
2.
Teoría de la inspiración dinámica. Esta teoría enseña que
lo que Dios ha inspirado no ha sido el lenguaje, sino el mensaje, dejando que
los escritores sagrados transmitiesen la verdad divina que él les revelaba en
sus propias palabras humanas y en el estilo literario y lingüístico propio de
cada escritor. Esto ha dado como resultado la gran variedad y la belleza
literaria que encontramos en los distintos libros de la Biblia. Según esta
teoría, aceptada por la mayoría de los eruditos de nuestro tiempo, en la inspiración
Dios no anula ni limita la personalidad de los escritores, sino que los usa
como instrumentos humanos que poseen sus peculiaridades particulares e
individuales. De idéntica manera, Dios permite que cada escritor utilice los
términos y expresiones que, siendo características de su tiempo y cultura,
expresan adecuadamente la revelación divina. Para concluir esta sección sobre
la inspiración, es conveniente señalar que la expresión “inspiración verbal” no
significa lo mismo para todos los eruditos bíblicos. Mientras unos entienden
por esa frase que la inspiración es mecánica, otros entienden que es dinámica. También
debemos indicar que hay personas que aceptan que las Escrituras fueron
inspiradas por Dios, pero sólo en lo que se refiere a los autógrafos originales
y no a los manuscritos y versiones que poseemos actualmente, que proceden de
copias de otras copias, y que presentan gran cantidad de variantes, y hasta
contradicciones, entre los distintos textos. Por ello, niegan que la
inspiración divina alcance a las traducciones y ediciones de la Biblia que
poseemos actualmente. Sin embargo, y en ello concuerdan los mejores eruditos,
se puede afirmar que la inmensa mayoría de las discrepancias son de menor
importancia, tratándose en muchos casos de errores de caligrafía y omisiones de
letras o palabras, pero que no cambian su significado esencial ni alteran
ningún precepto o doctrina religiosa. Esto se ve confirmado con el
descubrimiento, en el año 1947, de las cuevas del Qumrám, junto al mar Muerto,
donde se ha encontrado, entre otros muchos otros manuscritos, un pergamino que
contiene el libro de Isaías, perteneciente al siglo primero a. de J.C. y que,
prácticamente, es igual libro de Isaías que tenemos en el texto masorético
perteneciente al siglo XI de la era cristiana. El profesor Stuart nos dice: “De
las ochocientas mil variantes de la Biblia que he clasificado, cerca de
setecientas noventa y cinco mil son de una importancia similar a si en la
ortografía inglesa tenemos que escribir’ honour’ o bien “honor” olvidando la u.
Es decir, no tiene ninguna importancia en cuanto a significado, sino simplemente
en cuanto a ortografía. Las restantes ofrecen algún cambio de sentido en
ciertos pasajes o expresiones, u omiten una palabra y hasta, alguna vez, una
frase entera; pero ninguna doctrina religiosa es alterada por tal motivo;
ningún precepto es quitado; ningún hecho importante queda alterado por la
totalidad de las diversas variantes del texto bíblico tomadas en conjunto.” La
autoridad de la Biblia procede, pues, del hecho de que esa importante obra, ha
sido inspirada por Dios. La inspiración divina es la que le otorga una
autoridad única que no posee ningún otro libro. Y puesto que Dios nos habla a
través de sus páginas, podemos afirmar que la Biblia es la palabra de Dios, y
que sólo ella deber ser la última autoridad, tanto para la iglesia como para el
creyente, en cuanto a los asuntos de fe y práctica. Cualquier otra declaración doctrinal,
como puedan ser los credos o las confesiones de fe, tendrá autoridad espiritual
solamente en la medida en que exprese lo que enseñan las Escrituras. Asimismo,
el sermón predicado por cualquier ministro del evangelio, se convertirá en
palabra de Dios y reflejará la voluntad divina, en la medida que el predicador
se ciña al mensaje contenido en la palabra escrita en la Biblia. Existe una
gran discusión entre los teólogos liberales y los conservadores con respecto a
si la Biblia es la palabra de Dios, o si sólo la contiene. Mientras
la posición liberal defiende que la Biblia contiene la Palabra de Dios
mezclada con las palabras de los hombres, la posición más conservadora sostiene
que la Biblia es la palabra de Dios, llegando algunos a afirmar que hay que
aceptarla literalmente, con puntos y comas, desde el “en” hasta el “amén, esto
es, desde la primera palabra del Génesis hasta la última del Apocalipsis. Sin
embargo, conviene señalar que cuando decimos que la Biblia es la palabra de
Dios no estamos afirmando que Dios ha hablado cada una de las palabras que
contiene. De hecho hay palabras que han sido dichas por Dios; otras fueron
dichas por ángeles; otras por los escritores humanos, inspirados por Dios;
otras por enemigos de Dios, otras por los propios demonios, e incluso otras por
animales irracionales como en el caso del asna de Balaam (Núm. 22:28–30) y de
la serpiente en el Edén (Gén. 3:1–5). Lo que queremos decir es que, detrás de
todas ellas, se encuentra Dios dándonos el mensaje que él quiere hacernos
llegar. Karl Barth, uno de los principales teólogos neo ortodoxos del siglo XX,
(corriente teológica que, rechazando la doctrina racionalista del siglo XIX,
mantiene las doctrinas tradicionales, pero reinterpretándolas teniendo en
cuenta los adelantos científicos, los descubrimientos arqueológicos y los
estudios bíblicos y hermenéuticos de los últimos tiempos) defiende que la Biblia
es la palabra de Dios para el lector que, al leerla, reconoce y acepta que Dios
le está hablando directa y personalmente a él. En este caso, y sólo en este
caso, las palabras de los escritores bíblicos se convierten en la palabra de
Dios, puesto que él está hablando al hombre a través de la palabra escrita. En
este caso, el hombre reacciona positiva o negativamente al mensaje de Dios. Algunos
eruditos modernos, siguiendo al teólogo alemán Rudolf Bultmann, hablan de la necesidad
de desmitificar, o desmitologizar la Biblia, diciendo que ésta contiene gran
cantidad de “mitos” por haber sido escrita en tiempos antiguos, poco rigurosos
en el aspecto científico y en los que se utilizaron expresiones y figuras
literarias que resultan inaceptables en nuestro tiempo. Sobre este tema debemos
hacer tres observaciones que pueden sernos útiles: La primera es señalar que
cuando estos eruditos hablan de “mitos” en la Biblia, hay que entender ese
término en el sentido teológico en el que ellos lo usan, y no en el sentido
tradicional y popular de algo ficticio inventado por los hombres. Para Bultmann
y sus seguidores, un “mito” es una verdad doctrinal presentada en un lenguaje
literario que la hermosea y la hace comprensible a los lectores. Estos teólogos
no suelen negar la verdad existente, pero rechazan el ropaje literario en el
que la verdad se halla envuelta. Por ejemplo, al leer en la Biblia el relato de
la caída de nuestros primeros padres en el paraíso, dicen que la verdad
consiste en que Adán y Eva pecaron desobedeciendo a Dios; pero el relato
bíblico que describe al diablo tentándolos a comer una fruta, afirman ser un
“mito”. La enseñanza expuesta en el capítulo tercero del Génesis es que el
hombre pecó. La forma de presentar esa enseñanza es un “mito” que no hay que interpretar
literalmente. La segunda observación consiste en señalar que la Biblia contiene
la revelación de Dios para todos los hombres en todas las épocas. La Biblia fue
escrita hace muchos siglos en un lenguaje que podía ser entendido y aceptado
por los contemporáneos de los escritores sagrados. Si éstos hubiesen escrito
sus libros con la rigidez científica requerida por los hombres del siglo XX, su
lectura hubiese resultado incomprensible para sus contemporáneos y para los
hombres de las épocas anteriores a la nuestra. Por ello, tanto los eruditos
bíblicos, como los teólogos y los predicadores de todos los tiempos, tienen la
responsabilidad de reformular e interpretar las verdades bíblicas que son
eternas e inmutables, en el lenguaje comprensible al pueblo con el que viven.
Este es uno de los grandes valores de las nuevas versiones de la Biblia y lo
que ha pretendido obtener el equipo editorial de la Reina-Valera Actualizada,
presentado el mensaje de siempre en el lenguaje de hoy. La tercera, y la más
importante de las observaciones, es señalar que, aunque en la Biblia puedan
haber relatos no expuestos científicamente, así como figuras y expresiones
retóricas extrañas a la cultura del siglo XX, las verdades esenciales que
contiene están expuestas de tal manera que lo mismo los sabios que los incultos
entienden su verdadero significado. Todo lector sincero y libre de prejuicios
comprende lo que quiere decir que Dios es el creador de todo cuanto existe; que
Dios es un padre de amor, que nos perdona y recibe cuando vamos a él
arrepentidos; que todos los hombres han pecado y necesitan arrepentirse; que
Cristo Jesús vino al mundo y murió en una cruz para salvar a los pecadores; que
él resucitó al tercer día y está intercediendo por su pueblo, que es la
iglesia; y que un día regresará de nuevo a la tierra para juzgar a los hombres,
dándoles una recompensa o un castigo eternos de acuerdo a cómo hayan vivido.
Estas verdades, que resumen la esencia de la Biblia, son comprensibles para
todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares. Hay que señalar
que, aunque debemos amar la Biblia, considerándola como un verdadero tesoro,
leyéndola con gran devoción y estudiándola con espíritu de oración, no debemos convertirnos
en bibliólatras, considerando la Biblia como un fin en sí misma, sino como un medio
adecuado que nos conduce a Dios. El teólogo Emil Brunner, neo ortodoxo y suizo
como Barth, a la vez que contemporáneo suyo, ridiculiza a quienes, rechazando
al Papa de Roma, convierten la Biblia en un “Papa de papel”. La Biblia no llama
la atención hacia sí misma, ni se nos presenta en ninguna parte como el objeto
de nuestra fe, sino que, a la vez que nos indica que su mensaje proviene de
Dios, ella se convierte en un señalizador que nos ayuda a dirigir nuestra fe
hacia ese Dios vivo que se revela a través de sus páginas y que se encarna en
la persona de Jesucristo para reconciliar al mundo consigo mismo (2 Cor. 5:19).
La Biblia es como ese letrero que encontramos en medio de una carretera
indicándonos la dirección que debemos seguir para llegar a nuestro destino. El
letrero no es el punto final de nuestro viaje, sino la ayuda que necesitamos
para llegar sin equivocarnos a nuestro destino.
La
Biblia demuestra su inspiración divina en la presentación de su mensaje.
Tanto en el AT
como en el NT, la Biblia enseña claramente que el mensaje proclamado es la
palabra de Dios.
Antiguo
Testamento. Los escritores sagrados, y muy
concretamente los profetas, afirman que ellos transmiten lo que Dios les
revela. Moisés afirmó que él hablaba lo que Dios le decía (Exo. 24:4). Cerca de
100 veces aparece en el Pentateuco la frase Dios habló a Moisés, diciendo;
y a continuación Moisés escribió lo que Dios le había dicho. Lo mismo sucedió
con Josué (Jos. 4:15), Samuel (1 Sam. 15:10) y otros, quienes escribieron lo
que Dios les decía. Los profetas hablaron con la plena convicción de hacerlo
bajo la inspiración directa de Dios. Más de 200 veces encontramos en boca de
los profetas frases como estas: La palabra de Jehovah vino a mí,
diciendo; oíd la palabra del Señor; Dios habló diciendo; así dice el Señor. Otras
veces las Escrituras enseñan que el Espíritu de Dios vino o cayó sobre los
profetas, o que ellos recibieron la Palabra de Dios y se sintieron impelidos a
comunicarla. Así sucede en Isaías 8:11, Jeremías 1:2–9 y Ezequiel 1:3. Hay 16
profetas que afirman haber hablado bajo la dirección divina. En Exodo 7:1 se
enseña que el profeta es una persona que habla en nombre de Dios al pueblo de
su tiempo; o, dicho de otra manera, que trae las palabras de Dios a los hombres
a los que se dirige (Exo. 4:22; Jer. 1:9). Algunas personas tienen un concepto
equivocado, creyendo que un profeta es alguien que adivina el futuro. Quien
adivina el futuro es un adivino. El profeta, sin embargo, tiene la misión de
declarar la voluntad de Dios a las personas a las que se dirige. Sólo debido al
hecho de que existían profetas falsos, que afirmaban lo que Dios no les había
revelado, es que, algunas veces, los profetas verdaderos anuncian el
cumplimiento de tal o cual suceso para que, cuando éste se cumpla, las personas
recuerden el vaticinio y reconozcan que el profeta que lo predijo era verdadero
y proclamaba lo que Dios le había revelado. De aquí que las predicciones
tuvieran que tener su cumplimiento poco tiempo después de haber sido
anunciadas. Algunas veces, y así acontece en algunas profecías mesiánicas, las
palabras del profeta pueden tener una doble proyección: la primera tiene una aplicación
inmediata para sus contemporáneos; y la segunda se cumplirá a la llegada del
Mesías, siendo posible que el alcance de esta segunda proyección nunca haya
pasado por la mente del profeta. Un ejemplo de esta clase de profecía la
encontramos en el libro de Isaías, cuando el rey Acab no quiere pedir al profeta
una prueba que le asegure de que éste habla en nombre de Dios, y ante la
negativa del rey, Isaías le da la prueba, diciendo: El mismo Señor os dará la
señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y
llamará su nombre Emanuel (Isa. 7:14). Esta profecía se cumplió unos años
después de pronunciada, ya que tenía que ver con la desaparición de los reinos
de Siria e Israel que, con sus reyes Rezín y Pécaj, quisieron convencer al rey
de Judá, Acab, para que se les uniera contra Asiria. El profeta dice al rey
Acab que no tenga miedo, pues antes de que el niño que va a nacer de la mujer
que aún es virgen sepa desechar lo malo y escoger lo bueno, es decir, alcance
el uso de la razón, la tierra de esos dos reyes será abandonada (Isa. 7:16). La
segunda aplicación de la profecía tuvo lugar cerca de 800 años después de pronunciada,
cuando en Belén de Judá nació Jesús. El evangelista Mateo afirma: Todo esto
aconteció para que se cumpliese lo que habló el Señor por medio del profeta,
diciendo: "He aquí, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y
llamarán su nombre Emanuel" (Mat. 1:22, 23).
Nuevo
Testamento. En los días de Jesús los judíos poseían
un conjunto de 39 libros considerados como inspirados, que estaban catalogados
en tres grupos: Ley, Profetas y Escritos Sagrados. Estos libros eran
considerados como grafé, es decir, Escritura, o las Escrituras (Rom. 9:17;
Luc. 24:27), a las que a veces se les añadía el calificativo de “santas” o
“sagradas” (Rom. 1:2, 2 Tim. 3:15). Estos libros son los que componen lo que
conocemos como el Antiguo Testamento. El NT, compuesto por otros 27 libros, fue
escrito después de la muerte de Cristo, entre los años 65 y 100 de nuestra era.
Veamos en qué concepto tenían Jesús y los apóstoles los libros que constituían
la Biblia en su tiempo. Jesús demostró siempre una gran reverencia y un
profundo respeto hacia las Escrituras, a las que apelaba para apoyar sus
argumentos. En Juan 10:35 dijo que la Escritura no puede ser anulada. Hablando
de sí mismo, afirmó que no había venido para abrogar la Ley o los Profetas, sino
para darles cumplimiento, y añadió que ni siquiera una jota, ni una tilde
pasará de la ley hasta que todo haya sido cumplido (Mat. 5:17, 18).
En presencia de sus adversarios afirmó que la causa de su incredulidad era que
no conocían las Escrituras (Mat. 22:29). Y al querer demostrar que él era el
enviado de Dios, les dijo: Escudriñad las Escrituras, porque... ellas son
las que dan testimonio de mí (Juan 5:39). Para Jesús una cita de las
Escrituras era el fin de cualquier controversia. Decir “así está escrito” era
como decir “así dice el Señor”. De esta manera refutó las tentaciones del
diablo en el desierto (Mat. 4:4–10; Luc. 4:4, 8). En Juan 14:26 leemos que
Jesús prometió a sus discípulos que cuando él se marchase les enviaría al Consolador,
el cual les enseñaría todas las cosas y les recordaría todo lo que él les había
dicho. Esta promesa se cumplió el día de Pentecostés y, desde entonces, los
discípulos hablaron convencidos de que sus palabras eran las palabras de Dios
(1 Tes. 2:13) y se sentían seguros de que su testimonio era el testimonio de
Dios (1 Jn. 5:9–12). Pedro nos dice en Los Hechos 1:16 que era necesario que
se cumpliesen las Escrituras, en las cuales el Espíritu Santo habló de
antemano por boca de David acerca de Judas... En Los Hechos 3:18 afirma que
lo que le había acontecido a Cristo es el cumplimiento de lo que Dios había
anunciado de antemano por boca de todos los profetas. Expone la misma idea al
escribir que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada;
porque jamás fue traída la profecía por voluntad humana; al contrario,
los hombres hablaron de parte de Dios siendo inspirados por el Espíritu
Santo (2 Ped. 1:20, 21). En este mismo capítulo, en los versículos precedentes,
afirma que la voz de la profecía es más cierta que lo que él, Pedro,
experimentó en el monte de la transfiguración, cuando Jesús recibió la visita
de Moisés y Elías, escuchándose una voz del cielo que decía: Este es mi Hijo
amado en quien tengo complacencia. A él oíd (Mat.
17:5).
Indudablemente, el Apóstol jamás podría dudar de lo que en aquella
extraordinaria ocasión había visto y oído; pero afirma que más cierto aún que
lo que vio y oyó era la revelación de Dios provista en las Escrituras (2 Ped.
1:17–19). Pablo tenía la plena convicción de que al proclamar su mensaje estaba
presentando la Palabra de Dios. En 1 Tesalonicenses afirma: Damos gracias a
Dios sin cesar; porque cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis
de parte nuestra, la aceptasteis, no como palabra de hombres, sino como
lo que es de veras, la palabra de Dios (2:13). En Gálatas 1:11, 12 escribe:
Os hago saber, hermanos, que el evangelio que fue anunciado por mí no
es según hombre... sino por revelación de Jesucristo. Y en el
importante pasaje de 2 Timoteo 3:16 enfatiza que la Escritura es una revelación
directa de Dios. Tanto si el término griego pasa se traduce por “toda”,
como si se traduce por “cada”, el significado viene a ser el mismo; pues “toda”
da la idea de la totalidad de las Escrituras; mientras que, “cada” indica que
cada una de sus partes ha sido inspirada.
La
Biblia muestra su inspiración divina en el cumplimiento de las profecías.
Dios que es, a
la vez, fiel y poderoso hace que todo cuanto ha sido vaticinado por revelación
suya se cumpla a su debido tiempo. Se dice que dos tercios de la Biblia se
componen de profecías. Sólo una pequeña parte de ellas se ha cumplido hasta el
presente; pero las que han tenido cumplimiento demuestran que el resto también
se cumplirá. Estas profecías fueron hechas en relación a sucesos, lugares y
personas; pero donde más claramente se ve su cumplimiento es en su relación con
la persona de Jesucristo, el Mesías, de quien hablaron los grandes profetas del
siglo VIII a. de J.C., Isaías, Oseas y Miqueas, así como los salmistas. Son
muchas las profecías hechas sobre el nacimiento e infancia de Jesús, igual que
sobre las últimas horas de su vida. Como ejemplo de su exacto cumplimiento,
mencionaremos sólo unas pocas, tal como las presenta Carlos Neal en su obra La
Inspiración de la Biblia. 1. Profecías sobre el Nacimiento e Infancia de
Jesús: Concebido por una virgen, Isaías. 7:14; cumplida en Mateo 1:18,
23–25. Nacería en Belén, Miqueas 5:2; cumplida en Mateo 2:1. Sería visitado por
“magos”, Salmo 72:10; cumplida en Mateo 2:1–12. Sería llamado de Egipto, Oseas
11:1; cumplida en Mateo 2:15. 2. Profecías sobre la Muerte y Pasión de Jesús:
Le herirán en la mejilla, Miqueas 5:1; cumplida en Lucas 22:64. Le escupirán en
la cara, Isaías 50:6; cumplida en Mateo 26:67. 16 Le horadarán manos y pies,
Salmo 22:16; cumplida en Juan 20:24–27. Le pondrán entre malhechores, Isaías
53:12; cumplida en Marcos 15:27, 28. Le sepultarán con los ricos, Isaías 53:9;
cumplida en Mateo 27:57–60. Hay unas 30 profecías sobre su arresto, juicio y
muerte que se cumplieron literalmente en las últimas 24 horas de su vida. Estas
y muchas otras profecías hechas con tantísima antelación, y que tuvieron un
exacto cumplimiento en la persona de Jesús, ponen de manifiesto la inspiración divina
en las personas que las proclamaron. Es curioso notar cómo el evangelista Mateo
cita frecuentemente pasajes del AT para demostrar que Jesús era el Mesías que
llevaba a cabo en sí mismo el cumplimiento de las antiguas profecías. Según el
erudito Carlos H. Dodd, uno de los puntos esenciales sobre los que giraba la
predicación apostólica, tal como se ve en los Los Hechos de los Apóstoles, era
demostrar que las profecías se habían cumplido. De aquí su énfasis en declarar
que Jesús nació, murió y resucitó, según estaba anunciado en las Escrituras. Considerando
lo que hemos dicho, podemos finalizar este estudio con la misma conclusión a la
que llegó Juan Wesley, y que es citada por Carlos Neal en su libro antes
mencionado, al decir: “La Biblia debe ser la invención de hombres buenos o de
ángeles; de hombres malos o de demonios; o de Dios. No pudo ser la invención de
hombres buenos o ángeles, porque ellos no querrían ni podrían escribir un libro
de tal clase mintiendo todo el tiempo, al decir ’así dice el Señor’, cuando
todo era de su propia invención. No pudo ser la invención de hombres malos o de
demonios, porque ellos no querrían ni podrían escribir un libro que manda todo
deber, prohíbe todo pecado y condena sus almas al infierno para siempre. Por lo
mismo, saco la consecuencia de que, forzosamente, este libro nos vino de Dios
por inspiración.” La Biblia es, pues, el libro inspirado por Dios, en el que
encontramos el mensaje que él dirige a los hombres. Para nosotros es la
autoridad final en materiales de fe y conducta. Tal vez haya cosas que no
entendamos; pero hay suficientes cosas que sí entendemos para conocer la
voluntad de Dios para nuestras vidas. ¡Leámosla! ¡Conozcámosla!
¡Practiquémosla! y ¡distribuyámosla a otras personas!
Comentarios
Publicar un comentario